NICOLÁS FRANCO/ FRANCISCO VALDÉS
15 de julio al 14 de agosto de 2010

Nicolás Franco www.nicolasfranco.com
Francisco Valdés

 

En el Teatro Integral de Oklahoma, tal y como lo describe Franz Kafka en América, todo aquel que se presenta es contratado para una sencilla representación en la que, al fin y a la postre, únicamente tendrá que hacer su propio papel. Eso que Píndaro consideró el signo del héroe (“llegar a ser el que se es”) ha terminado por transformarse, en la época de la glamourización y del reality show, en la pura ceremonia de la obscenidad, esto es, en la sistemática entronización de lo trivial. No parece que sea cierto que a través de las grietas del cuadrado negro se ve el oro de Bizancio, más evidente es la presencia de lo idiota tras todas las ceremonias funerarias. Y, precisamente cuando estamos en el grado xerox del imaginario, mientras algunos intentan transformar los fetiches en elementos “críticos” (tras la inflación de “reliquias” de acciones verdaderamente delirantes o cínicas), persiste una sensación de completo déjà vu. Nicolás Franco y Francisco Valdés alegorizan, a partir de un imaginario para-fílmico, un momento en el que la sobrecodificación teórica y la ineptitud crítica van, lamentablemente de la mano; sus propuestas retoman, sin literalismos, cierta narratividad ya sea en las voces del Obituario de Nicolás Franco a los dibujos de Francisco Valdés de la niña de El exorcista. No se regodean en el horror ni recurren, por emplear términos de Anthony Burgess, al “tratamiento Ludovico”. Conocen, de sobra, los dilemas de un arte (pretendidamente) político que, en Chile, adquiere cualidades arqueológicas. Si generan piezas de carácter híbrido no es porque piensen que con ello están cuestionando el “estatuto museal” sino porque intentan ir más allá de la compulsión del zapping o de la estilística post-productiva sin retornar al fundamentalismo de la autonomía estética. Desgastadas las consignas o custodiadas como fósiles por un conceptualismo academicista, (re)formulan una idea del arte en la que no falta lo enigmático como piedra de toque de lo que no acepta el orden establecido, vale decir, como aquello que desajusta lo previsible. “Se trata –dijo Michel de Certeau en Heterologías- de una operación subversiva, dentro de un discurso límpido en el que se esconde, un caballo de Troya, una ficción panóptica que utiliza la claridad para insertar una alteridad en nuestra “episteme””.

Nicolás Franco y Francisco Valdés despliegan una estilística de la apropiación que les acerca a las propuestas que se desarrollaron en los años ochenta en una estética que supuso una definición potente de lo postmoderno. Douglas Crimp subrayó que las descripciones formales del arte modero eran topográficas, organizaban la superficie de las obras de arte en orden a determinar sus estructuras, mientras que en el postmodernismo la descripción es una actividad estratigráfica. Mientras Franco retoma imágenes de Las Hurdes de Buñuel y evoca L´Age d´Or, Valdés dibuja la Flash piece que Coleman hiciera en 1970. No se trata de un dispositivo cultista o alejandrino, sino de una manifestación de un imaginario caníbal que si da referencias es para intentar compartir experiencias. En la muestra El Terremoto de Chile, Nicolás Franco hiper-iluminaba un telón negro en un gesto que tenía tanto de (anti)monumental cuanto de estricta deconstrucción de la melancolía con pose revolucionaria. Ahora escribe la palabra MISSING que, junto a los Psychobuildings, genera una situación inquietante; esa cualidad de lo unheimliche es crucial para este artista. Por su parte, Francisco Valdés, en su intervención en Matucana rodeaba un montón de “copias” de alfombras con las peripecias del muñeco de Michelín dando rienda suelta a un talante sarcástico. “¿Qué es lo inquietante? Antes que nada –apunta Barthes-, lo que no se proclama como tal. El arte de la inquietud, igual que Orfeo, no puede volverse hacia lo que dice, so pena de destruirlo”. Franco y Valdés puntualizan lo obsesivo, subrayan el detalle sea este el de unas casas en las que la luz combate contra el imperio de la oscuridad o una fotografía en la que faltaría un paseante para acaso llegar a la condición de sublime.

Virilio ha apuntado que, en época de globalización, todo se juega entre dos temas que son, también, dos términos: forclusión (Verwefung: rechazo, denegación) y exclusión o locked-in syndrom. Claustrofobia y agorafobia, experiencias (sedimentadas fílmicamente) de no poder salir o de tener prohibida la entrada: El ángel exterminador o el comienzo de Citizen Kane. Tanto Francisco Valdés como Nicolás Franco intentan reactivar los lugares por medio de sus procesos artísticos, evitando lo críptico que es finalmente el reverso de la política del miedo. Evitan, por supuesto, esa regresión infantil del imaginario estético actual y tampoco parece que estén dispuestos a asumir, como tantos otros, el rol del dj, sampleando hasta el aburrimiento tanto la jerga cuanto lo trivial (revestido, en muchos casos, con la dramaturgia de lo “radical”), antes al contrario, exponen una suerte de fantasmagoría del presente. Porque, en verdad, las piezas de estos artistas tienen algo de espectros, valga este término tan connotado tras Derrida, de un tiempo desquiciado. Los cuadros de la catástrofe de Francisco Valdés o el hígado de neón de Nicolás Franco, imponen un destino que es, valga la redundancia escatológico. No hace falta consultar al oráculo: solo sucede, como pensara Heráclito, lo peor. Esa es buena señal para continuar (a pesar de todo).

Fernando Castro Flórez.