MARIO VIVADO. LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ: YEGUAS DEL APOCALIPSIS
28 de abril al 31 de mayo de 2011

 

LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ

Con ese nombre de marquesina  marchita, Las Yeguas del Apocalipsis nos juntamos con el fotógrafo Mario Vivado en 1989 para realizar un álbum de poses, besos de matinée y muecas divinizadas por la luz azulosa del estudio fotográfico. Recién estrenábamos el nombre en la tarima del arte, y la foto retrato era un espejo para blindarse la fachada con el estuco barato de nuestro social popular.
La dictadura agonizaba en pos de un futuro democrático. Vientos de augurio nos alzaban las polleras travestis esa noche cuando las yeguas entramos al cinemascope descalzas y con una pluma gorriona en el escote. La pies dorados, como el personaje de la novela, me repetía la Pancha envolviéndome el torso destetado en celofán metálico, hasta hacerme perder el aliento y desfallecer en el ahogo sidático para la cámara. Total no estamos contagiadas aun, y podemos augurar que nunca lo estaremos, decía escupiendo al cielo la yegua azufrosa.
El set era pálido cuando salió la luna y pusimos cara de nomeolvides para el click fotogénico. Pero no era la luna, solo un foco más del escenario penitencial donde se trizaban espejos y copas mientras afuera, en la calle de ese Santiago milico, el sida  arreciaba en los suburbios del travestismo callejero. Entonces, en un ángulo del enfoque, algún adiós ironizaba el desplante de ponerse trapos de mujer antigua recolectada en los mercados persas. Ropas de los años cuarenta, cincuenta, sesenta; trapos tristes heredados del splendor materno, de una juventud materna, de un duelo materno, de alguna niñez materna. Splendor veneziano de carnaval luctuoso. Splendor de playa y verano pobre; el mar o aquel barquito a la deriva y la muñeca calva y fea que se pinta de linda para el lente que la enfoca deshojándole el cuore.
Todas las madres en el aura vaporosa de esas fotos parecen actrices de cine. Te lo dije, te lo advertí, decían ellas, y nosotras yeguas ninfas, potras en celo, arrancándonos al estudio de aquel fotógrafo que nos prometía fama Monroe cuando apretaba el obturador y nosotras interpretábamos el film de la plaga homo sexi para todo público. Te lo digo, te lo advierto, Camelia, nos decían, pero igual partíamos las dos primas babosas de hollywodesco carmesí, y en cada flashazo, estallaban llamaradas de mambo y burlesque. Ay mama Inés, que bellas fuimos esa noche, y jamás repetiríamos el acierto de parecer divinas muñecas de callejón portuario. Era el fantasma del sida, lo que hacia embellecer la cascarria pioja de aquella flacura proletaria. Sin duda que también era el ansia de saltar fronteras, brincar territorios, cruzar modas, meterse en la película del arte o salir de la película del arte embetunadas de luto patrio. Fue así, y así se nos ocurrió. Llegamos con lo puesto a la escena plástica, caminando con garbo patuleco, y preñadas de utopías rabiosas en la madrugada de lacre albor. Sin duda, la plaga pintaba de Apocalipsis la huella embarrada del tul.  Era aquel pájaro de raso negro que opacaba las risas y nos dejaba lindas pero tristes despidiendo a las amigas colas en aquel muelle contagiado de naufragio.
Ahora, después de veinte años, las fotos tienen, una rara inocencia que nos retrata sobrevivientes de la peste en brumosa claridad. Casi se podría decir que la película no terminó muy bien, pero las yeguas salieron glamorosas del cine abanicándose con un carnet de baile en el arte latinoamericano.

Pedro Lemebel